domingo, 19 de junio de 2011

Hoy quiero confesar que he matado. Sin piedad. Una y otra vez.
No escribo para redimirme porque no hay arrepentimiento en mi. Hice lo que debía hacer. Como sostiene Darwin, se hizo visible la ley del más fuerte y yo gané (por ahora).
Como decía, maté. De noche, de día, en el interior, en el exterior. Sobre todo a aquellos llegados de no se dónde, dispuestos a sacarme lo que es mío, vividores. Vienen desde un desconocido submundo y llegados a mi propiedad, luchan con fuerza por sobrevivir. Lo que hay que reconocer es que son laboriosos para eso y que ven oportunidades en todos lados. Escorias, con sus rostros de nada, uno detrás del otro, siguiéndose, contándose dónde pueden encontrar algo que robar, que corroer... Y los maté y los sigo matando una y otra vez, con frenesí e ira. A veces hasta gritando. Y al final de la masacre se oye un "Gané".
"Inmigrantes ilegales" de mi cocina, dirían algunos.
Cadáveres de mis pies digo yo.



Les gens ne sont pas fourmis .