No soporto lo que me rodea porque sólo soy yo misma, parada, con el gran peso de mi cabeza, con sus serpientes y escaleras, con su constante negación. Le huyo a enfrentarme al espejo, a tirotear ese rostro que se convenció de que es de acero y mostrarle como sangra para volver a sentir el dolor en mi y ya no como algo que veo desde la vereda de enfrente. Y así quizás llore de una vez y sea lo patética que tenga que ser, que necesite ser.
La tristeza ya no es más que aburrimiento y yo no soy más que carne que aún no se pudrió.
lunes, 28 de febrero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario